martes, 1 de mayo de 2012
Los superhéroes y la cola del paro. Los negros vaticinios del Sr. Moore.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Veinte años después...
El barco pirata que vimos en las páginas de Watchmen, el Navío Negro, ha vuelto. Y ha vuelto al ser reclamado por los versos de la Ópera de los tres peniques -o "de los cuatro cuartos"- de Bertol Brecht y Kurt Weill, inserta a pedazos -como una "historia dentro del relato principal", por segunda vez- en un nuevo guión de Alan Moore. Estoy refiriéndome a la continuación de La Liga de los Hombres Extraordinarios - Century: 1910, que quizás hayan leído a esta fecha.

Un saludo,
Joaquín A. F.
lunes, 28 de junio de 2010
La oscuridad del simple ser (I).
"He visto bostezar al oscuro universo
Donde los negros planetas giran sin objeto,
Donde los negros planetas giran en un sordo horror,
Sin conocimiento, sin gloria, sin nombre."
[Los enmascarados de Watchmen hacen metafísica a partir de sus biografías: la ilusión de la vida personal (moral) como el engaño fundamental al que está sujeto el hombre común. La sospecha sobre la broma universal como antecedente del capítulo IX.]



La oscuridad del simple ser (II).
La vida personal, la vida de cada cual, está entonces sujeta a algo: sujeta a un falso amarradero fantaseado por ella misma, que le hace creer que no va flotando, sin finalidad, entre el resto del cosmos. La vida que, para cada uno de nosotros, han presentado los personajes de Watchmen hasta el presente capítulo es, entonces, un fraude sospechado por todo el siglo XX (3), un fraude que tenemos que resistir, pero que descubierto, nos resulta imposible enfrentar con alguna energía moral -y mírese bien: "el deber" al que, como el propio Superman, se atiene Rorschach en su quehacer tras haber "descubierto el fraude", no es sino el último asidero, y también el menos convincente, que le queda a un individuo antes de su total renuncia moral, de su "salto al abismo": de ahí que se tenga que agarrar a éste desesperadamente, con rigidez inusual, y que en todo lo demás, (se) haya abandonado.

La posibilidad terrible que va a estar asomando las orejas durante toda la conversación entre Laurie y Osterman está tan hundida en nuestras vidas como en la biografía de la joven justiciera, más allá de que vaya a toparse con ella, recibiendo un doloroso golpe moral, al descubrir el secreto sobre la identidad de su padre, y por tanto, el engaño sobre quién venía, también, siendo ella, al margen de su frágil intento por ser quien creía que era. Y esta posibilidad monstruosa que, decíamos, parece a punto de ser glorificada y confirmada por el espectáculo del planeta rojo es la siguiente: puede que, si para el conjunto del cosmos la aparición de tal o cual individuo personal es indiferente, también para cada persona tenga que ser indiferente el esforzarse por hacer de sí misma, durante su presencia en el cosmos, "una figura moral", un ser biográfico, que vaya aventurándose en medio de significados y propósitos inseguros -tan inseguros que pueden quedar, como la vida de Laurie, sujetos a una confusión que afecte al conjunto-; puede, entonces, que toda existencia personal se agote en producir ilusiones que se extinguen con su propia duración, ilusiones que acaban "rompiéndose" -como la esfera de cristal que Laurie recuerda haber roto durante su infancia- contra la indiferencia y la falta de misericordia del cosmos, que se cierra sobre un orden impersonal. ¿Es ésta la conclusión que quisieran defender los autores de Watchmen al cerrar el capítulo con la sentencia de C. G. Jung "por lo que sabemos, el único propósito de la existencia del ser humano es encender una luz de conomiento en la oscuridad del simple ser"? ¿Puede haber otra conclusión, ateniéndonos en rigor a "lo que sabemos" sobre el cosmos?

Cap. IX, p. 7. Vuelve a presentarse el tema del "rostro sonriente" del mundo, un motivo que, a lo largo del capítulo, servirá para sugerir la posibilidad de recuperar la ilusión "que se había roto como una esfera de cristal" ante el descubrimiento de la "broma de la vida". El propio cosmos será el que brinde esta posibilidad, al "permitir milagrosamente la aparición de cada vida".
La espantosa cicatriz del rostro del Comediante, que hacía parecer que "siempre se estuviese riendo", se imprime ahora sobre el reflejo del propio rostro de Laurie.

La oscuridad del simple ser (III).
[Los "milagros termodinámicos". El fondo cristiano del argumento de Osterman y su compleción por la aparición de la sonrisa esquemática sobre la superficie de Marte]
Pero miremos otra vez dentro de la bola de cristal de la infancia de Laurie: porque puede que ahora, aquella apariencia engañosa de que "el tiempo transcurría más lento dentro de la esfera", esté siendo recuperada por el propio cosmos, hablando a través de Osterman, y que esté siendo recuperada como una verdad milagrosa, increíble, por la que al menos es posible pensar algo que antes estaba plenamente descartado: que la vida sea algo más que un "producto casual" del cosmos, y que por tanto, no sea el propio cosmos el que esté negándole, de salida, todo propósito. Al romperse la "esfera de las ilusiones personales (adultas)" de Laurie, ha caído también el palacio de cristal marciano de Manhattan, en el que estaban el epítome y la última prueba de su discurso sobre la falta de un "Relojero universal"; reconoce éste, entonces, una "cuña milagrosa" en la marcha del cosmos que ya no permite decir que en éste todo se cierra sobre una eternidad mecánica y carente de finalidad. La conclusión, que también hubiese sido muy del estilo de un filósofo deísta, puede ser entendida así: "al menos, en la parte que toca al cosmos -a la Naturaleza-, no es necesariamente cierto que la vida -la vida personal, antes que ninguna otra- sea, sencillamente, un accidente de la organización ciega de la materia: para que puede formarse cada ser vivo, el propio cosmos parece dispuesto a hacer una excepción a la universalidad de sus leyes" -esto entraña la idea de milagro. Y al cerrarse el capítulo, Osterman hace una nueva invitación que invierte la que había lanzado al comienzo del capítulo: "vámonos a casa". Dice "casa", y no "Tierra". "Casa" no es ya un concepto astronómico o geológico, que son los que debiera manejar alguien "que sólo ve átomos": es un concepto que sólo puede cobrar un significado biográfico, moral. Cada individuo personal -está afirmando este personaje- tiene, en el cosmos, la posibilidad sorprendente de hacerse un hogar; y el propio cosmos confirma esto sugestivamente cuando, de modo gratuito, resulta haber formado, sobre la superficie marciana, la figura de un rostro colosal -"pero a fin de cuentas un rostro", diría Chesterton-: un rostro sonriente que parece llenarlo todo de una alegría inagotable ante la vida. Yo les digo ahora, amigos, que ése es el rostro del Domingo en la novela El hombre que fue Jueves; más adelante lo iré justificando.
"(...) No es cierto que nunca nos hayan quebrantado: hasta nos han descoyuntado en la rueda del tormento. (...) Rechazo la calumnia: no hemos sido felices. Puedo responder por todos y cada uno de los Grandes Guardianes de la Ley a quienes éste [Satán/Gregory] acusa. Al menos...
Y, al llegar aquí, volvió los ojos al Domingo, en cuya boca se dibujaba una extraña sonrisa.
-¿Y tú? -gritó Syme con voz espantosa-. ¿Has sufrido tú alguna vez?
Y, a sus ojos, aquella cara pareció dilatarse de un modo increíble; agigantarse más que la máscara colosal de Memnón [Agamenón] que, de niño, había hecho llorar de miedo a Syme. Aquella cara se hinchó por instantes, hasta llenar todo el cielo; después todo se oscureció. Y en medio de la oscuridad, antes de que la oscuridad aniquilara su espíritu, Syme creyó oír una voz distante que repetía aquel lugar común que alguna vez había oído, quién sabe dónde: "¿Podéis beber en la copa en que yo bebo?"(...)". Pasaje de el último capítulo de la novela de G. K. Chesterton El hombre que fue Jueves.
Y en este punto tenemos que hacernos descarrilar para progresar después; debemos echar el ancla antes de que Moore y Gibbons nos eleven, en su discurso, hasta la altura poética a la que nos quieren hacer llegar. Propongo, por tanto, que no dejemos (otra vez) que nos retengan con el mismo canto sin que nos declaren qué andan haciendo, y por qué andan haciéndolo a medias, como limitándose a quedar indecisos y dejarnos indecisos, pero sin que podamos estarlo nosotros ni puedan estarlo ellos -aunque puede que ni ellos mismos lo sepan: por eso hay que interpretar, y hay que "deconstruir" Watchmen. Desde la página anterior, las viñetas de esta escena empiezan a doblarse equívocamente, proponiendo por un lado la conclusión que señala explícitamente Osterman para su razonamiento -desde un punto de vista "termodinámico" o cosmológico, que nosotros no podríamos compartir con el inmortal- y, por otro lado, simplemente sugiriendo una segunda línea de lectura que ya sólo puede tener lugar, de modo tácito, entre nosotros y las viñetas -un razonamiento "b", que no es una demostración, pero que nos interesa mucho seguir. Yo afirmo que sólo es gracias a esa segunda línea de lectura, callada y supuesta, como logran persuadirnos los autores hasta la emoción, e insisto en que la conclusión explícita del razonamiento de Osterman es sólo un componente más de la misma: pues la composición siginificativa de las viñetas va mucho más allá de lo que se puede leer en ellas. Para lograr esto, los autores están haciendo saltar las formas expresivas del cómic hasta ponernos en interés: las palabras van por su lado, los dibujos por el suyo, pero reunidos hacen mucho más: y aquí juegan a mostrar y no mostrar, intercalándose los unos con los otros. Porque mientras Moore, en esa última página, habla por boca de Osterman de "las fuerzas que dan forma al universo", Gibbons le está enmendando la plana en los dibujos: de otra manera, el conjunto del capítulo IX no podría concluir poéticamente con su altura, porque la resolución estaría coja, y no arrebataría nuestro interés como lo hace. Si al hablar de "las fuerzas que dan forma al universo" no acabamos diciendo, o acaso pensando o sugiriendo la posibilidad -muy al estilo de Kant, por cierto-, que esas "fuerzas" son, además, manejadas por un "ser personal", un omnipotente creador personal de la Naturaleza que nos haya dejado aquí "a imagen y semejanza suya", no vemos manera en la que terminar la conciliación entre el cosmos y la vida personal de Laurie -o la de cada uno de nosotros- de la que antes hablábamos: el universo dejaría un lugar reservado a cada vida -en términos termodinámicos, o acaso fisiológicos- sí, pero no incluiría horizonte moral alguno en el que pudiese configurarse la vida de cada persona tal como ésta aspira a hacerla: entre significados morales, y no entre meras ilusiones, que se ahogan en estados cerebrales. En esto se juega tanto como en la diferencia entre vivir (como persona) y estar vivo sólo desde el punto de vista fisiológico (en "estado vegetal", o acaso en "estado vampírico"); y justo esta diferencia es la que Moore deja al dibujo de Gibbons, que aquí lleva el peso del argumento "a la chita callando". Muy ocurrentemente, y para sugerirnos la presencia de dicho Creador (personal) del cosmos, Gibbons ha colocado, a modo de "sello del Relojero", una figura sobre el relieve marciano: la figura esquemática de un rostro sonriente -justamente un rostro, una cara de persona, con una expresión moral: la sonrisa-, que parece estar detrás de toda la trama de Watchmen.

Casual o providencialmente, pero en ambos casos, sin necesidad de faltar por ello a las leyes de la Naturaleza, se ha formado un colosal rostro sonriente sobre la superficie del planeta rojo. Aquella monstruosa posibilidad que temíamos fuese confirmada por la propia evolución "autosuficiente" del sistema geológico marciano, la posibilidad de que el cosmos fuese incapaz de recoger las esperanzas últimas (morales) de cada vida personal, se ha topado aquí con un límite: acaso podríamos pensar, ante esa significativa configuración del relieve marciano, que el rostro abundante de alegría que vemos representado en él nos anuncia, tras la mascarada de la Naturaleza, al Creador personal del universo. Tocando esta cuerda, que tan dentro de nosotros parece vibrar todavía, es como los autores de estas páginas pueden dar por cerrado -poéticamente hablando- el capítulo. Como les dije, he llegado a pensar que, digan lo que digan los dos británicos, este rostro ya nos lo habían presentado: nos lo había presentado G. K. Chesterton -alguien que, por cierto, también le dio unas cuentas vueltas a los superhombres- al final de El hombre que fue Jueves. Este rostro, que parece casi una máscara por sus proporciones -una máscara dorada, de factura micénica-, sigue siendo el rostro del Domingo, el rostro de la Paz de Dios, que se ensancha hasta cubrir el universo, mientras resuena en su voz: "¿Podréis beber en la copa en que yo bebo?". ¿O debemos sospechar aquí, de nuevo, que nos encontramos ante una nueva burla del propio cosmos; que, por tanto, ese rostro sonriente que creemos reconocer sigue siendo tan ambiguo como las manchas de la máscara de Rorschach?
"Quizás los superhéroes tenían un mensaje... Quizás alguien cuida de nosotros". Con mensaje o no, los superhéroes ilustran mediante un ideal concreto la idea (metafísica) de una Justicia escatológica y absoluta, impartida por ellos en sustitución del Dios, que parece ausente del mundo del siglo XX.

La oscuridad del simple ser (notas).
NOTAS
En esto que señalamos estriba una de las virtudes del planteamiento de las páginas de este capítulo IX y del aprovechamiento que en él se hacen de las formas expresivas y figurativas propias del cómic, y especialmente, de ésas que permiten un tratamiento del tiempo y la duración afines a la exposición biográfica (en ambos sentidos de la palabra). La afinidad entre la construcción biográfica y el relato se pierde, pese a la representación de figuras humanas concretas, en los ritmos y secuencias de la cinematografía. No es así en el cómic: durante su lectura puede dejar el lector que la recapitulación biográfica tenga el reposo y la división temporal que lo desplace entre la narración de los hechos en el pasado y la aprehensión posterior de sus significados en el momento de la narración: estos son los dos planos en los que se reparte la estructura biográfica -ora como acto no-narrativo, ora como recapitulación escrita de esos actos. En la cinematografía no es el espectador quien debe "rellenar" los desfases de duración entre el texto y las imágenes, dado que, gracias a la sonorización, palabra y movimiento van de la mano; en el cómic esta operación del lector va supuesta. Porque los saltos gráficos entre viñetas, dibujadas a modo de "instantáneas", vuelven a ser reparados activamente por la continuidad del relato de que está pendiente el espectador; y lo que en la misma viñeta es, en cuanto al dibujo, un instante, en cuanto al texto enmarcado junto al dibujo -en el caso de Watchmen, un texto que se toma su tiempo- es ya toda una duración. Esa separación y reunión activa de las palabras y la imagen no tiene lugar de modo análogo en el cine sonoro: no requiere, tampoco, el mismo acto de interpretación por parte del espectador.
En las viñetas de este capítulo se presentan alternadamente, como vemos, dos duraciones: la de los hechos pasados de la vida de Laurie y la del repaso, en el diálogo durante el que intenta convencer a Jon Osterman de que "vale la pena salvar el mundo", del sentido de esos hechos, de su "figura como conjunto". La separación formal que las viñetas introducen durante la lectura entre esas dos temporalidades permite que se vayan reencontrando -las duraciones- en un mismo punto: las hacen coincidir en la conclusión que, bajo la especie de lo eterno, ha pronosticado Osterman al comienzo del diálogo -"Laurie terminará llorando". Y esta "separación formal" de los momentos del relato con vistas a la "reunión simultánea" de todos los fragmentos es la que hace corresponder el tratamiento del tiempo en los recursos figurativos del cómic con el de la misma narración biográfica de Laurie: sólo al repasar junto a Osterman los hechos pasados de su biografía, ésta se va completando con una interpretación adecuada de estos hechos, durante su paseo por la superficie de Marte. Resulta, finalmente, que gracias a ese repaso se descubre que Laurie no es quien creía que era, y debe asumir que el conjunto de su vida estuvo sujeta a un equívoco que a ella misma se le ocultaba: Eddie Blake, el Comediante, y su madre, nunca le hicieron saber sobre el secreto de su origen, y ella misma se ocupó de convencerse de que su padre fue el "primer encapuchado de América", Justicia Enmascarada -de quien, en el apéndice del mismo capítulo, descubrimos que era homosexual. ¡Vaya un drama, el que una "superheroína" no haya alcanzado acertadamente el origen "excepcional" que le corresponde, y que ha de justificar -como el origen excepcional de Superman- todo su quehacer posterior!
(2) Una serie de travesuras de los alienígenas DR & Quinch resultará ser, según Moore, el desencadenante del proceso de la evolución de las primitivos organismos marinos pluricelulares hacia la accidental aparición del género humano sobre la biosfera terrestre: en una de sus excursiones interplanetarias, ambos gamberros aterrizan sobre nuestro planeta y se entretienen disparando con sus armas láser sobre estos organismos. De resultas del bombardeo, estos seres comienzan a mutar en formas de vida más complejas, que se desenvolverán hasta llegar al género homo.
lunes, 1 de marzo de 2010
Autoentrevista


